Antes de que la IA cambie el mundo
La economía oculta de los datos, el nuevo colonialismo digital y las tensiones entre empresas de IA y gobiernos en un mundo cada vez más automatizado.
Una pequeña advertencia antes de empezar: este artículo no va exactamente sobre tipografía. Pero sí sobre algo que, como la tipografía, suele permanecer invisible mientras estructura gran parte del mundo digital: los datos.
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Es Marzo de 2026. En los últimos meses el mundo ha cambiado de forma vertiginosa. Las tensiones geopolíticas han vuelto a ocupar el centro de la conversación global y social. Las guerras ya no se libran únicamente con soldados y armamento convencional, sino también con satélites, software y modelos de inteligencia artificial aparte de con información y desinformación, con imágenes que son reales y otras que son puro teatro digital. Los gobiernos discuten sobre regulación tecnológica con el mismo tono con el que antes discutían tratados militares. Las empresas de IA aparecen en titulares políticos con cada vez más frecuencia. Todo es IA, las siglas están igual de presentes que lo hizo la palabra Metaverso hace un par de años, sin embargo, estas parecen haber llegado para quedarse.
Hace apenas unas semanas, una de esas discusiones se volvió especialmente visible. El gobierno de Estados Unidos decidió bloquear el uso de los modelos de Anthropic en ciertos contratos militares después de que la empresa se negara a eliminar algunas de sus restricciones éticas sobre el uso de inteligencia artificial en contextos de guerra. Anthropic respondió demandando al gobierno federal, alegando que la decisión era injustificada.
El conflicto abrió una pregunta incómoda.
¿Puede una empresa privada decidir cómo se utiliza una tecnología estratégica en el ámbito militar? ¿O es el Estado quien debe tener la última palabra cuando se trata de seguridad nacional?
La discusión es nueva en su forma, pero algo antigua en su fondo. Cada vez que aparece una tecnología poderosa (la energía nuclear, internet, los satélites) surge la misma tensión entre innovación, control y poder. Sin embargo, hay algo peculiar en el caso de la inteligencia artificial.
Antes de que existan los modelos, antes de que aparezcan los debates políticos o las controversias militares, hay una infraestructura silenciosa que casi nunca vemos: los datos. Y en muchos casos, esos datos provienen de lugares inesperados.
Por ejemplo: de un videojuego.
La economía invisible de los datasets
Durante años, millones de personas han salido a caminar por sus ciudades con el móvil en la mano, algunos de mis amigos aún lo hacen. Se detenían frente a esculturas, giraban alrededor de edificios históricos, apuntaban la cámara hacia fuentes, plazas o murales. A veces lo hacían solos, otras en pequeños grupos, mirando la pantalla mientras una criatura virtual aparecía superpuesta sobre el espacio real. Estaban jugando a Pokémon Go.
El juego se convirtió en un fenómeno global desde su lanzamiento. Lo que muchos jugadores no sabían es que, además de capturar Pokémon, también estaban capturando algo más: imágenes del mundo.
Cada fotografía de una PokéStop. Cada escaneo de un objeto urbano. Cada interacción con el entorno físico. ¿Incluso puede ser que hasta sus propias casas?Todo eso generaba datos.
Se ha sabido ahora, esta semana, que con el tiempo, esos datos permitieron construir uno de los mapas tridimensionales del mundo más grandes creados por una empresa privada. Un enorme dataset geoespacial producido, en gran medida, por jugadores que simplemente pensaban que estaban participando en un juego.
La historia es reveladora porque muestra algo fundamental sobre la inteligencia artificial contemporánea. La IA no se construye únicamente en laboratorios. Se construye en la vida cotidiana.
Las personas etiquetan imágenes cuando suben fotos a redes sociales. Ayudan a entrenar sistemas de reconocimiento visual cuando resuelven captchas. Generan datos de comportamiento cada vez que usan una aplicación. Gran parte de la economía de la inteligencia artificial depende de esta producción distribuida de información. Una especie de trabajo colectivo que rara vez se percibe como trabajo y por el cual no se cobra, sino que se hace felizmente en forma de gamificacion.
El nuevo colonialismo de los datos
Históricamente, las grandes potencias económicas han crecido extrayendo recursos. Primero fueron metales preciosos y materias primas. Después petróleo, carbón, gas natural. Cada revolución industrial estuvo asociada a un tipo de recurso estratégico. En el siglo XXI, ese recurso es cada vez más intangible: Los datos.
Las empresas tecnológicas han pasado las últimas dos décadas construyendo infraestructuras para capturar información sobre el mundo físico y el comportamiento humano. Mapas, imágenes, texto, voz, desplazamientos, interacciones sociales. Lo que antes era experiencia se convierte en dataset.
Desde esta perspectiva, Pokémon Go deja de ser simplemente un juego. Se convierte en parte de una operación mucho más amplia: la cartografía digital del planeta. Todo ello se transforma en materia prima para entrenar modelos.
La analogía con formas históricas de extracción resulta difícil de ignorar. Si la colonización tradicional transformaba territorios en recursos, la economía digital transforma experiencias humanas en datos. No hay barcos ni imperios visibles, pero el principio es sorprendentemente parecido: capturar, almacenar y convertir en valor algo que antes simplemente existía.
La paradoja de la ética en la inteligencia artificial
Una vez que existen los datos y los modelos, aparece otra pregunta inevitable. ¿Quién decide cómo se utilizan? La polémica reciente entre Anthropic que anteriormente mencionaba con el gobierno de Estados Unidos ilustra bien este dilema.
Anthropic, una de las empresas más relevantes en el desarrollo de modelos de lenguaje avanzados, ha defendido públicamente la idea de que la inteligencia artificial debe tener límites claros en ciertos contextos, especialmente en aplicaciones militares o en sistemas que puedan facilitar violencia autónoma.
Un ejemplo reciente muestra hasta qué punto esta tensión ya no es teórica. A comienzos de 2026, en medio de la escalada entre Estados Unidos y Venezuela, varios medios revelaron que agencias estadounidenses habían utilizado sistemas avanzados de análisis de datos e inteligencia artificial para planificar y ejecutar operaciones contra el régimen de Nicolás Maduro. Parte de esa infraestructura combinaba plataformas de análisis masivo de datos con modelos de lenguaje avanzados capaces de sintetizar información procedente de satélites, drones, comunicaciones interceptadas y redes de inteligencia humanas. Según distintos reportes, estas herramientas permitieron reconstruir con enorme precisión los movimientos y rutinas del entorno cercano al líder venezolano durante meses antes de la operación.
El gobierno estadounidense, por su parte, argumenta que tecnologías estratégicas no pueden quedar sujetas a las decisiones éticas de empresas privadas cuando están en juego cuestiones de seguridad nacional. Ahí el choque.
Para algunos, permitir que empresas establezcan restricciones éticas es una forma necesaria de evitar abusos tecnológicos. Para otros, es inaceptable que decisiones con implicaciones geopolíticas dependan de compañías tecnológicas.
Durante años hemos confiado en empresas privadas para construir la infraestructura tecnológica más avanzada del planeta. Pero cuando esas tecnologías adquieren relevancia estratégica, los Estados reclaman autoridad sobre su uso. La inteligencia artificial no solo es una innovación técnica. También es un nuevo campo de poder. Y el poder siempre genera disputas.
Mientras tanto, gran parte de la infraestructura de datos que alimenta estos sistemas se ha construido de una manera mucho más silenciosa. A través de términos y condiciones. La mayoría de las plataformas digitales funcionan bajo el mismo principio legal. Antes de usar el servicio, el usuario acepta un documento que establece cómo se recopilan y utilizan sus datos.
Formalmente, el sistema es claro. El consentimiento existe. En la práctica, casi nadie lee esos documentos, que levante la primera piedra quien no sea culpable. Esto crea una situación peculiar.
Las empresas pueden afirmar, con razón, que los usuarios aceptaron los términos. Pero ese consentimiento rara vez es plenamente consciente o informado. Los textos legales son largos, complejos y diseñados para ser aceptados rápidamente.
El resultado es un ecosistema donde enormes infraestructuras tecnológicas se construyen sobre acuerdos que la mayoría de las personas apenas recuerda haber firmado. Pokémon Go es solo un ejemplo más visible de un fenómeno mucho más amplio.
Si algo define el momento tecnológico actual es la velocidad con la que la realidad se está transformando en datos. En ese proceso participan millones de personas todos los días.
A veces trabajando conscientemente con tecnología. Otras simplemente usando una aplicación, subiendo una foto o jugando a un videojuego. Antes de que la inteligencia artificial transforme el mundo, necesita algo más básico. Necesita observarlo. Registrarlo. Mapearlo. Y en esa tarea, silenciosa y distribuida, casi todos nosotros terminamos participando.
Aunque la mayoría de las veces no sepamos exactamente cómo. Porque antes de que la inteligencia artificial cambie el mundo, el mundo primero tiene que convertirse en datos.
Carlos de Toro. Humano y diseñador, especializado en diseño de Tipografía, Comunicación Visual y otras aventuras orientadas a marcas y productos digitales. Siéntete libre de conocer más de mi haciendo click en alguno de los millones de links que ahora colecciono en mi perfil de Linktree. También puedes seguirme en Twitter e Instagram para ver publicaciones diarias (más o menos) que no se incluyen en Breaking News.




Devastador! Me dan ganas de tirar el móvil por la ventana y desaparecer de alguna manera... Gracias por este pedazo de artículo Carlos!
Soy rotulista a pincel y en cierto modo me alivia no depender 100% de la tecnología pero soy otra cómplice más de esta recopilación masiva de datos... ¿Algún consejo para reducirlo a nivel individual? ¿Que no incluya tirar el móvil por la ventana e irse vivir la montaña? aunque suena divino ahora que lo pienso. Saludos!